Poema No. 10: La Infanta del Rocío.
La mañana está ataviada de gris,
el color que adormece las praderas,
las montañas se empapan de lluvia,
y lo único que parece irradiar luz es el rocío.
El rocío cristalino es un sueño,
de ese sueño, fue concebida una infanta.
Rubia, ojos azules, boquita curiosa,
delgada, y piel de leche, verla inspiraba inocencia.
Pequeña infanta de la lluvia, te saludo.
Siento que no entiendes nada de lo que te digo,
puesto que hablas en lengua extranjera,
a juzgar por tus facciones, tú naciste en Praga.
“¿Vos sois acaso un mensajero alado?”. Me dijo.
Cuan asombrado me sentí, hablaba mi idioma.
“No, veo que no, vos tenéis cara sucia pero adorable”.
Su voz cálida y apagada, sacaba mis lágrimas.
Me abrazó la cintura, era pequeñita,
cual gacela adolescente al lado de su progenitora.
Una mariposa naranja aleteó su cabellera dorada.
“Ten esto, hombre poético, es mi amigo”.
Recibí la mariposita que brillaba como zafiro.
La infanta besó mi mejilla desaseada.
“Esa cara puede estar sucia, pero tu mente es limpia”.
Acto seguido, me tomó de la mano en señal de adiós.
“Vuelvo a mi cristalino hogar, hombre afable”.
Dijo, y de nuevo me abrazó y me besó.
Hicimos una pequeña ronda y esto me dijo:
“Soy la fortuna que pronto has de poseer”.
Inspirado en sueño que tuve. Imagen de un amanecer nublado después de una noche lluviosa. Inspirado en la Gnosienne No. 3 de Erik Satie (1866-1925)
14/04/2011.

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